Del alma el sol, mi Salvador,
jamás hay noche en donde estás;
que no me impida aquí, Señor,
terrena nube ver tu faz.

Que yo mis ojos al cerrar,
en blanco sueño arrobador;
cuán dulce diga, es descansar,
en tu regazo, mi Señor.

Conmigo sé al amanecer,
no puedo yo sin ti vivir;
conmigo sé al anochecer,
no quiero yo sin ti morir.

Y aquí la senda continuar,
con todos ve, Jesús, Señor;
hasta que al fin, allá en tu hogar,
nos cubra ya tu eterno amor.

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